Ferrolterra mágica: leyendas e historia antigua
San Andrés de Teixido: «vai de morto quen non foi de vivo»
En un pliegue de los acantilados de la Serra da Capelada (Cedeira) está el santuario más mágico de Galicia. El dicho lo resume: «A San Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo» —quien no peregrina en vida, lo hará después de muerto—. Se cuenta que las almas que no cumplieron la visita regresan convertidas en lagarto, sapo o culebra: por eso no se mata a ningún animal en el camino, no vaya a ser un alma en romería. La tradición pide dejar una piedra en los milladoiros y llevarse un ramito de herba de namorar, con fama de ayudar en el amor.
Meigas, mouras y Santa Compaña
«Haber, haylas» (Habelas, hainas), dice el refrán de las meigas. La imaginación gallega puebla el monte de mouras —bellas mujeres encantadas que peinan sus cabellos con peine de oro y guardan tesoros en castros y mámoas, esperando quien las libere— y teme a la Santa Compaña, la procesión nocturna de las ánimas que recorre las corredoiras guiada por un vivo con una cruz. Son relatos que aún se cuentan al calor de la lareira.
Mámoas y megalitos: la montaña de los muertos antiguos
Hace más de 6.000 años, los primeros pobladores levantaron mámoas (túmulos funerarios) por las sierras. La Serra da Faladoira, de As Pontes a Mañón y Ortigueira, es una de las mayores concentraciones megalíticas del país: el investigador ferrolano Federico Maciñeira catalogó más de cien, y solo en la cubeta de As Pontes se contaron unas 125 en 28 km². Entre ellas destaca la anta Forno dos Mouros. Federico Maciñeira mostró que muchas mámoas se alinean siguiendo antiguos caminos de cresta: el que unía As Pontes con el Porto de Bares —después Camiño dos Arrieiros— está jalonado de túmulos. En Narón, la Pena Molexa —enorme piedra en equilibrio, escenario de la Lenda da Moura— aún reúne cada verano una recreación de sus leyendas.
No hace falta subir a la sierra: el propio concello de Ferrol, costero y muy urbanizado, conserva 64 túmulos (mámoas o «madorras») repartidos por los montes de Brión y Chamorro. Ya en 1867 el historiador Leandro Saralegui dejó constancia de dos dólmenes en las alturas de Chamorro, hoy desaparecidos. Muchas de estas mámoas acabaron sirviendo de mojón entre parroquias.
Los castros y el mundo celta ártabro
En la Edad del Hierro, esta costa era de los ártabros, el pueblo castrexo del golfo Ártabro (las rías de Ferrol, Ares, Betanzos y A Coruña); los romanos lo llamaron Portus Magnus Artabrorum. Se levantaban castros —poblados fortificados en alto— por toda la comarca. El Castro de Punta dos Prados (Espasante, Ortigueira) conserva restaurada y visitable una sauna castrexa con su pedra formosa, un baño ritual de vapor de hace más de dos mil años. Cada julio, el Festival de Ortigueira celebra esa herencia celta con música de medio mundo.
La huella romana
La romanización llegó a la Gallaecia de forma sobre todo pacífica. Roma buscaba oro: en Ferrol se explotaron las minas de Covas (junto a la playa de Ponzos) y de Montefaro. En la costa hubo factorías de salazón de pescado, como la de Espasante. Y en Estaca de Bares (Mañón), el punto más al norte de la península, el ciclópeo Coído de Bares —un espigón de enormes bolos de granito— se atribuye tradicionalmente a navegantes fenicios (según Maciñeira) y a un uso posterior romano; su origen exacto sigue debatiéndose.
Las leyendas se recogen como tradición oral gallega; los datos arqueológicos, de fuentes públicas (Turismo de Galicia, concellos, Wikipedia) y de la obra de Federico Maciñeira.